Laudatio Dr. García Berlanga a cargo de D. Joan Alvarez

 

Laudatio del Excelentísimo Sr. D. Luis García Berlanga con motivo de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad Miguel Hernández de Elche.

4 de octubre de 2002

Joan Álvarez

 

Ilustrísima Señora Subsecretaria de Educación

Excelentísimo Señor Rector Magnífico de la Universidad

Excelentísimo Señor Presidente del Consejo Económico de la Universidad

Excelentísimo Señor Vicerrector de Investigación

Ilustrísimo Señor Secretario General

Excelentísimo Señor Don Luis García Berlanga

Dignísimas Autoridades

Señoras y Señores Miembros de la Comunidad Universitaria

Señoras y Señores:

Hace cincuenta años, un director poco experimentado y recién salido del Instituto de Innovaciones y Experimentaciones Cinematográficas, estrenaba, –con bastante valentía y mucho riesgo–, Bienvenido Mr. Marshall, sin duda, una de las películas más importantes del cine español de todos los tiempos.

Aquel director había nacido en Valencia, había sufrido la guerra de una manera tan curiosa, tan excéntrica, que le obligó a prolongarla enrolándose como voluntario de la Brigada Azul en el frente ruso de la Segunda Guerra Mundial, y, a la hora de elegir un futuro, había dudado entre tres vocaciones conexas pero distintas –la pintura, la arquitectura y la crítica de cine—y un destino más o menos fatídico como el de eternizarse siendo señorito de provincias hasta que la fortuna familiar lo permitiera.

El autor de Bienvenido Mr. Marshall era, todos ustedes lo saben, Luis García Berlanga y la película, código genético de casi todo el cine berlanguiano, era una fábula cómica, sencilla y compleja, ingenua y vitriólica, un musical con folklórica incluida, una parábola con muchas lecturas, y una de las críticas más feroces y certeras de las ínfulas y el cartón piedra inherentes al régimen franquista.

Luis García Berlanga había codirigido ya, con Juan Antonio Bardem Esa pareja feliz, otra piedra de toque del movimiento de renovación cinematográfica y cultural que se extendería durante la década de los cincuenta y que sirvió de levadura para todo lo que, afortunadamente, vino después.

Durante los casi cincuenta años que separan esos dos títulos de París-Tombuctú, un testamento estético largamente incubado, Luis García Berlanga ha sabido crear –contra la censura política del franquismo, contra la censura moral de la sociedad bienpensante y contra la censura económica a la que se ve constreñida la expresión cinematográfica por ser el cine arte e industria— una de las más impresionantes, coherentes y admirables trayectorias del cine español del siglo XX, a la que es casi imposible encontrar parangón.

Títulos como El verdugo, Plácido o La escopeta nacional, merecen figurar, y figuran, en las listas de las mejores películas españolas, europeas o mundiales de todos los tiempos, y otros títulos como Calabuch, Los jueves, milagro, ¡Vivan los novios!, La vaquilla y Tamaño natural tendrán el reconocimiento de la crítica y el aplauso del público durante mucho tiempo y en todas las latitudes como pueden comprobar ustedes gracias a la reposición actual de Bienvenido Mr. Marshall y como he podido comprobar yo hace apenas dos semanas con motivo de un viaje a Santo Domingo en cuya Cinemateca ofrecen en estos momentos la obra casi completa del director valenciano.

¿Cuál es la clave del éxito de este cineasta que dice aborrecer la cinefilia y hasta el arte cinematográfico o que ahora confiesa vivir un proceso fulminante de “despantallización” pero que, al mismo tiempo, adora el cine hasta el punto de abrazar con entusiasmo la causa de su recuperación y restauración como patrimonio o que en momentos de ensoñación llegó a creer, o, al menos, a decir que se había creído el papel de Dios todopoderoso que se les confiere a los directores en un rodaje?

En mi modesta opinión de seguidor apasionado de su obra y de estudioso divertido y agradecido de su vida yo diría que ese secreto reside en el valor universal de sus argumentos y que sus historias están contadas, transmutadas, en imágenes con las dosis exactas de humor, esperpento, emoción, ternura, ironía, ingenuidad, inteligencia, estética fallera y ese algo indefinible que hemos convenido en llamar retrato berlanguiano de una realidad que es berlanguiana no porque él la retrate sino porque los demás hacemos que lo sea.

Ser el autor de ese extraordinario conjunto de películas hace a Luis García Berlanga merecedor, sin duda, del doctorado que hoy se le va a conceder y cuyo elogio intento pergeñar de una manera que siento muy imperfecta.

Pero los honores de Luis para ser investido doctor no sólo consisten en haber hecho ese cine sino en haberlo hecho, además, consiguiendo que la dirección cinematográfica, el arte y la vida, se ejerzan con una brillantez y originalidad que fascina a cuantos se le acercan,

Y, en ese sentido, me permitirán recordar que Berlanga se formó cuando los directores artífices de los nuevos realismos europeos (desde el neorrealismo italiano al cine libre inglés y la nueva ola francesa) luchaban por encontrar una alternativa al sistema clásico de Hollywood intentando arrebatar al productor la autoría de la obra.

En esa encrucijada, Luis se hizo director y autor sin dejar de considerase artesano, orfebre, eso sí, un artesano que es también el alquimista capaz de transmutar todos los talentos que concurren en la creación cinematográfica en una obra coherente y única.

De ahí procede su estilo, abierto a todos los que integran el equipo técnico y artístico –desde los guionistas a los decoradores, iluminadores o sonidistas pasando, sobre todo, por unos actores a los que ha dejado improvisar y a los que ha escuchado como nadie, incluidos los secundarios y los extras. De ahí, también su peculiar intepretación del lenguaje fílmico. Y de ahí, su irrepetible posición moral ante los dilemas del director.

También es bueno recordar que, como artista, como genio, es uno de los pocos contemporáneos que ha conseguido plasmar sus pasiones –recordamos el patrimonio cinematográfico pero también los infiernos eróticos, la superstición, la timidez, la felicidad, la soledad, y, porqué no, su lectura sui generis del modo de ser valenciano– en expresiones formalizadas, objetivas, estéticas, de las que nos estamos beneficiando los demás.

Por último, pero no en último lugar, vale la pena recordar que, como animador de causas perdidas, como ingeniero de utopías, es a Luis García Berlanga a quien hay que atribuir algo tan singular y poderoso como el sueño de una Ciudad del Cine que ya tiene planos, terrenos y mucho marketing, demostrando que se trata de uno de los grandes prodigios de su carrera y la prueba palpable de que aunque no haya llegado a ser Dios tiene un instinto especial para estar cerca de los dioses.

Termino. Me consta que a Luis le incomodan los elogios y que su genio, adiestrada y convenientemente contradictorio, le habrá ido ofreciendo reparos abundantes a cuanto he tratado de exponer ante ustedes como lo que creo son hechos de su magisterio para la gente que ama el cine y para cualquiera con ánimo de aprender, con ánimo universitario.

Si en la respuesta que ahora esperamos les ofrece alguno o muchos de esos reparos, créanle a él porque su magisterio y su sabiduría lo hacen merecedor de toda la credibilidad pero, –al tiempo y sin que repugne a sus mentalidades, que supongo tan aristotélicas como “lumièrianas”–, concédanme a mí el crédito suficiente para que estos elogios les sirvan como fundamento de la investidura del señor D. Luis García Berlanga como doctor de esta universidad magnífica.

Les puedo asegurar que todos, –ustedes, los futuros alumnos, los profesionales del cine y los amantes del arte en general–, saldremos grandemente beneficiados si de esa manera alguien puede decir que estamos asistiendo aquí a lo que sin duda será el principio de una gran amistad.

Muchas gracias