Discurso Rector

 

Excmos. e Ilustrísimos Señores,

Excmo. Sr. Don Antonio García-Bellido y García de Diego,

Excmo. Sr. Presidente del Consejo Económico,

Sra. Delegada General de Estudiantes,

Queridos Compañeros de la Comunidad Universitaria: Profesores, Estudiantes y Personal de Administración y Servicios.

Señoras y Señores.

En primer lugar, quiero felicitar al nuevo Doctor Honoris Causa de la UMH, D. Antonio García-Bellido, y agradecerle su deferencia al aceptar este nombramiento de nuestra Universidad que, si bien es el máximo con el podemos reconocer los méritos científicos y humanos que coinciden en un académico e investigador, nos sabe a poco para una persona como el Dr. García-Bellido. Que una personalidad científica del prestigio internacional como el Prof. Antonio García-Bellido reciba esta distinción es, sin duda, un reconocimiento para él y también para la UMH. Felicidades igualmente por la espléndida lección que ha pronunciado.

Felicitaciones asimismo para los Profesores que han sido designados por los estudiantes como “docentes destacados” durante el curso académico 2000-2001; para los investigadores de los grupos emergentes que han obtenido las ayudas Bancaja para sus proyectos;para los que han obtenido los Premios al acabar sus Estudios en este curso 2000-01, en nuestra Universidad Miguel Hernández; felicidades a sus padres y familiares, porque, con toda seguridad, su apoyo a lo largo de sus años de estudio ha sido un factor clave para que reciban hoy este galardón.

Deseamos que las enseñanzas que les hemos proporcionado en estos años, junto con los programas de prácticas en empresas, de fomento del autoempleo, talleres de búsqueda de empleo y demás actividades complementarias que les hemos ofrecido, les sean de provecho y puedan facilitarles un magnífico desarrollo profesional a partir de este momento. Confiamos en que os sentiréis de orgullosos de vuestra Universidad, la Universidad Miguel Hernández, tal como nosotros nos sentimos orgullosos de haber contado con vosotros como estudiantes y ahora como Antiguos Alumnos.

Pero no os dejéis engañar por este momento, pues es tan sólo la culminación de una de las fases de vuestra formación. Al paso que progresa el conocimiento, nuestro medio socioeconómico se muestra más y más exigente con sus recursos humanos, a los que solicita esfuerzos de actualización constante de sus conocimientos, habilidades y capacidades profesionales. Por ello, tenéis que ser conscientes de que vuestra formación habrá de continuar a lo largo de toda su vida profesional.

Mi especial felicitación a los nuevos doctores que hoy se incorporan al Claustro de Doctores de la Universidad “Miguel Hernández”, y a aquellos que han sido distinguidos con los Premios Extraordinarios de Doctorado de nuestra Universidad. La UMH se honra con vuestro trabajo investigador novedoso, original, creativo, que en determinados campos se sitúa en el límite más avanzado de la investigación científica. Yo os pido que sigáis por ese camino, nada fácil. La ciencia es la búsqueda de la verdad, aunque, como decía Poincaré, en algunas ocasiones, la verdad nos asuste, o asuste a algunos. Además, hay que buscarla con la convicción de que la Verdad, con mayúsculas, no existe, existen esas limitadas verdades que cada día perseguimos, y a veces conseguimos, en el seno de nuestros laboratorios y gabinetes de trabajo, pero, al establecerlas, podemos ir reduciendo poco a poco el campo inescrutable de lo que no sabemos, de nuestra ignorancia.

No quiero terminar este apartado sin felicitar muy cordialmente, el Prof. Carlos Belmonte, Catedrático de Fisiología de nuestra Universidad, compañero y amigo, que hace unos pocos días fue recibido como nuevo miembro de la Real Academia Española de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Nos sentimos orgullosos de que haya llevado el nombre de nuestra Universidad a la Academia.

Este año, como otros, quiero aprovechar la ocasión de la fiesta de San Tomás de Aquino para hablaros de la Universidad, con mayor razón cuando acabamos de estrenar una nueva Ley de Universidades, que regirá nuestra existencia a partir de ahora.

Durante los dieciocho años de vigencia de la LRU se habían producido tantos cambios y tan sustanciales en la dimensión y características del Sistema Universitario español y en su entorno que, aunque sólo fuera por ello, estaba de sobra justificado considerar la conveniencia de realizar un cambio normativo, con el fin de mejorar la correspondencia entre el marco legal, la realidad universitaria y las necesidades sociales. Aprobada la nueva Ley de Universidades, la valoración de las reformas del actual ordenamiento universitario que introduce habrá de hacerse teniendo en cuenta lo que hoy representan la Universidad y el Sistema Universitario para la sociedad española, y lo que esta pide de su Universidad. Tiempo tendremos para ver si las soluciones que esta Ley aporta funcionan o no. En cualquier caso, y entre tanto, en una sociedad democrática, el respeto de la Ley (de esa también) es la garantía de la convivencia, de la libertad y de la propia democracia.

Por lo demás, basta mirar la historia de la educación superior en Occidente para constatar que han existido frecuentes desajustes de la Universidad con las circunstancias de cada época. Hubo algunas, como las postrimerías de la Edad Media, en las que las universidades dejaron de ser “funcionales”. El renacimiento o la revolución científica del siglo XVII se produjeron extramuros de las universidades. En el siglo XVIII la innovación cultural tuvo lugar sobre la base de una red de individuos y de organizaciones, como las Academias o las Sociedades Económicas, o de Amigos del País, fuera de las Universidades. Incluso, se llegó a pensar en abolir las universidades. De hecho, en la Francia Revolucionaria la Universidad fue abolida por la Convention con la  Ley de 15 de septiembre de 1793, por considerarla obra del Antiguo Régimen, al que representaba con su inmovilismo y corporativismo. Permanecieron centros como el Colegio de Francia, el Jardín del Rey, o el Observatorio de París. Sin embargo, pocos años después, en 1806, Napoleón  fundó la Universidad Imperial, señal de que el intento de suprimir la Universidad no había tenido mucho éxito, y de que la Universidad no se resignaba a ese destino.

La Universidad napoleónica, que en parte heredamos en España, representa el arquetipo de una universidad profesional, con una enseñanza superior que, en algunos caso, se practicaba fuera de la Universidad. Por ejemplo, los distintos ministerios ejercían la tutela de las Grandes Écoles de su especialidad, centros de enseñanza superior dedicados a la formación de ingenieros, destinados a ser funcionarios de alto nivel. Ese enfoque fue copiado en España y plasmado en las Escuelas especiales. El modelo de universidad napoleónica se caracteriza por ser una organización fuertemente centralizada.

Frente al modelo de universidad napoleónica del XIX, los avatares y disfuncionalidades de la universidad medieval y de la época moderna fueron afrontados en la Alemania del XIX con un modelo bien diferente. En 1810, Carlos Guillermo von Humboldt, político liberal, gran erudito e intelectual en la Alemania de su tiempo, fundó la Universidad de Berlín (hoy Universidad Humboldt). Concibió y organizó la universidad como una institución dedicada a la investigación y a la formación de científicos, y plasmó en ella el ideal neohumanista de la formación basado sobre todo en la libertad del individuo: libertad de aprender, de enseñar, y de investigar. 

En el pensamiento de W. Von Humboldt profesores y estudiantes se hallan insertos en una comunidad moral y espiritual, y en esta comunidad lo esencial no es la masa de conocimientos que cada uno posee, sino únicamente la igualdad de su posición respecto de la ciencia, su búsqueda común del conocimiento, de la verdad. Esa relación del profesor y del estudiante con la ciencia exige que, también desde un punto de vista organizador, aquél y éste sean tratados de forma igualitaria. Humboldt entendía la Universidad como “emancipación de la propia enseñanza” en la medida en que el profesor universitario debe conducir el propio aprendizaje de sus alumnos. Es la libertad de aprender y no tanto la libertad de enseñar lo que constituye el principio básico de la universidad humboldtiana. El estudiante es, por así decir, un co-investigador; el profesor no está pensado en función de la docencia, sino en función de la ciencia. Así, la docencia universitaria no es tanto transmisión de conocimientos, sino más bien el complemento necesario de la investigación del profesor. En definitiva, libertad de investigar y transmitir lo investigado sería el significado propio del principio de la unidad de la investigación y la docencia.

La clase, decía Humboldt, es para el profesor una oportunidad organizada para ideas científicas y para el estímulo de la propia producción; los oyentes, los estudiantes, son allí necesarios como elementos activos, como partícipes de la comunicación, pero no lo serán si no son asimismo espontáneos y productivos, si no reflexionan conjuntamente, si no hacen preguntas al profesor, si no dudan de él y lo critican, entonces no cumplen su obligación con la ciencia, no cumplen su papel en el diálogo socrático con el profesor.

Es fácil comprender el indudable atractivo que este modelo de universidad ha suscitado en ambientes intelectuales y universitarios, tanto de la época como posteriores. La Universidad española actual ha asumido también muchos de esos enfoques.

Pero ese cuadro ideal de la Universidad humboldtiana se vio radicalmente transformado merced al profundo cambio operado en las condiciones de la investigación y de la enseñanza. De hecho, la crisis de ese modelo comenzó en la propia Alemania ya a finales del XIX. Dado que el objetivo de las universidades alemanas era la formación de personas para las profesiones liberales, se crearon la Technische Hochschulen, para ofrecer una formación técnica de alta calidad al servicio de la industria. También se crearon institutos de investigación fuera de la Universidad, lo que supuso una división del trabajo entre investigación y enseñanza (J. Porta, Arquetipos de Universidades. En J.Porta y M. Llanodosa (coord.) La Universidad en el cambio de siglo. Madrid: Alianza, 1998.)

Cambió el concepto idealista de ciencia. Frente a la ciencia como reflexión, se predicó la autonomía del objeto científico, y el método se convirtió fundamentalmente en técnica. La investigación dejó de ser un arte individual para convertirse en algo colectivo que exige considerables medios materiales y personales. Por otro lado, la ciencia ha adquirido cada vez más un carácter empresarial. La especialización y la profesionalización de la ciencia constituyen la consecuencia necesaria de la nueva situación. Las universidades han tendido, así, a convertirse en parte en escuelas profesionales. La organización “escolar” del estudio, la exigencia de determinado conocimientos útiles profesionalmente provocan la “escolarización” de la universidad, que tanto temía Humboldt. Además, la profesionalización de los estudios contribuye a la desaparición de la unidad de la investigación y de la enseñanza que constituía la piedra angular del modelo humboldtiano de universidad. (José L. Carro, Polémica y Reforma Universitaria en Alemania, Madrid: Ed. Civitas, 1976.)

Hoy por hoy, las universidades presentan problemáticas para las que caben varias soluciones, o que pueden carecer de solución, pero debemos de ser conscientes de que su persistencia, la de la Universidad, no implica su funcionalidad. La Universidad actual no puede ignorar los cambios demográficos, los procesos de internacionalización y de globalización de la economía, la revolución tecnológica en el campo de la información y de las comunicaciones; el universo del Internet, los nuevos planteamientos en la docencia; la necesidad de la movilidad de estudiantes y profesores; la enseñanza no presencial; la investigación en red; el desarrollo de nuevos conocimientos aplicados como motores del desarrollo económico, social y cultural, y una larga lista de retos conocidos o por conocer (Porta, op.cit.).

Probablemente, la respuesta a esas demandas y a esos retos debe ir ligado a una organización de los estudios que implique un primer ciclo en el que los estudiantes reciban una educación bastante general, es decir, una educación que proporcione a los estudiantes capacidades o destrezas y conocimientos básicos y “útiles” acerca de cómo funciona la sociedad a la que se ven abocados y cómo manejarse en ella, en combinación con la enseñanza de algunas disciplinas generales y las bases de lo que puede ser la investigación científica. Una Diplomatura semejante al titulo de Bachelor de las universidades anglosajonas.

Si la educación universitaria de primer ciclo podría ser general y conducente a un Diploma Universitario, que no tendría porque corresponderse con ningún título profesional, la educación profesional que permaneciera  en la universidad habrá de ser mucho más rigurosa y exigente.

Esa organización curricular debiera acompañarse de un diseño universitario que permita la libertad de movimientos y la mayor capacidad de elección posible. Para los estudiantes, cada día será más relevante la existencia de un distrito único, europeo a ser posible, para que efectivamente puedan diseñar su carrera académica, primero, y luego profesional; elegir su universidad o sus universidades, y con ello elegir a sus profesores y sus perfiles curriculares, y desplazarse dentro y fuera de las fronteras nacionales. Para eso deben existir subvenciones, que, sin duda, los estudiantes deben ganar, con sus méritos, y esfuerzo.

Para los profesores implica un aumento de su capacidad y disposición a moverse dentro y fuera del país, pero también que las reglas de su nombramiento y de su carrera permitan, faciliten o exijan esa movilidad. Para las universidades supone la mayor de libertad de movimientos posibles.

En lo que toca a la investigación, también deberíamos aplicar los criterios de libertad, flexibilidad y diversidad. Habrá universidades con más investigación, otras con menos, unas con casi todo y otras con casi nada. Entre el personal de la Universidad deberá de haberlo sólo docente, sólo investigador y docente e investigador. Dentro de la Universidad, los Centros de Investigación deberán jugar un papel cada vez más relevante, con una gran libertad organizativa, para conseguir sus objetivos, e incrementar su creatividad; y con todo el apoyo posible para lograrlos, pero en el buen entendimiento de que tampoco ellos tienen un “derecho natural” a los recursos. Tienen que ganárselos. Tienen que convencer a los que gestionan fondos dentro y fuera de la universidad, y también a colegas, a rivales, a empresarios, y a la sociedad toda, de que lo que hacen vale la pena. Eso no quiere decir que sólo haya que atender la investigación aplicada, o aquella cuya utilidad sea visible a corto plazo. Como escribía Bertrand Russell: “El conocimiento utilitario necesita fructificar gracias a la investigación desinteresada, que no tiene motivos ulteriores al deseo de comprender mejor el mundo. Todos los grandes progresos son, en su origen, puramente teóricos, hasta que más adelante se les encuentra una aplicación práctica. Y aun cuando haya teorías espléndidas sin aplicación práctica alguna, conservan su valor en sí mismas, porque la comprensión del mundo es una de las dichas fundamentales. … Todo gran arte, toda gran ciencia, surgen del deseo apasionado de dar cuerpo a lo que fue un fantasma informe, una belleza seductora que saca a los hombres de su paz y de su tranquilidad y los arrastra hacia un tormento glorioso. Los hombres a quienes atormenta esa pasión no deben ser aprisionados en las cadenas de una filosofía utilitaria, porque a su ardor debemos todo lo que engrandece al hombre.” (Ensayos sobre educación. Madrid: Espasa, 1931)

Tendremos que impulsar la investigación básica, al tiempo que la aplicada, y tendremos que superar las dificultades de articulación que producen la coexistencia de centros mixtos de docencia e investigación, con los centros en los que sólo se hace investigación.

Para conseguir ese entorno que haga posible esa actividad, las universidades deben percibirse a sí mismas como agentes que operan en un medio competitivo, en el que tienen que tomar continuamente decisiones acerca de lo que hacer sobre el proceso de enseñanza-aprendizaje, la investigación, la cultura y los servicios a la sociedad; sobre política de acceso de los estudiantes, de los profesores y de personal de administración; sobre política de infraestructura y recursos; todo ello en el marco de un buen plan estratégico. Esa libertad aumentada debe tener el contrapunto de la responsabilidad, extendida a todo aquel agente que tome decisiones dentro de la universidad. En estos temas, como en casi todos, no cabe la libertad y la autonomía, sin la correspondiente responsabilidad. Además, “las universidades tienen que hacerse a la idea de que su derecho moral o natural a la subvención pública de sus actividades es inexistente. Simplemente, tienen que ganarse esa subvención pública con su esfuerzo y la demostración de su mérito, el cual incluye su “utilidad práctica”, aunque de ninguna forma se agote en ella.” (Victor Pérez y Juan Carlos Rodríguez, Educación Superior y futuro en España, 2001)

            Producir conocimiento, transmitirlo, almacenarlo; producir cultura, transmitirla, almacenarla; producir servicios para  la sociedad; educar en el más pleno sentido de la palabra. Estos son los objetivos de la Universidad que ya formuló en España Don Francisco Giner de los Ríos: “cultivar la ciencia, mediante la investigación y la enseñanza; educar a sus alumnos  y proteger su vida intelectual, material y moral, dentro y fuera de la Universidad, como auxilio para el desenvolvimiento de su persona; difundir la cultura en todas las clases sociales, bajo las distintas formas de la extensión; … La Universidad, con sus bibliotecas, laboratorios, salas de lectura, de conversación, lugares de descanso y recreo, etc., es a la vez, un aula, un laboratorio, un ateneo, un club, una fuerza moral, un hogar espiritual para sus profesores y para sus estudiantes.”

Esos objetivos pueden expresarse en el marco de un posible Plan Estratégico de una forma más operativa. Me permito haceros la siguiente propuesta:

1) Impulsar una educación superior de calidad, es decir:

a) Una educación cuyos contenidos sean pertinentes para los objetivos específicos de cada titulación que ofrezcamos;

b) Unas titulaciones cuyos objetivos específicos consistan en el desarrollo de los conocimientos, capacidades y actitudes generales, propias de individuos libres y habilitados para su desarrollo profesional y también integral como personas; pero que se ajusten a las necesidades y demandas de nuestra sociedad, en cada momento.

c) Una enseñanza que asegure el óptimo rendimiento académico de nuestros estudiantes.

2) Consolidar una investigación de la máxima calidad, que pueda situarnos en la primera línea, en la mayor cantidad posible de áreas.

3) Potenciar y consolidar la oferta de formación continua y la inserción profesional de nuestros estudiantes.

4) Promover, impulsar, fortalecer y consolidar, la presencia de nuestra Universidad en la sociedad, la prestación de servicios, y las acciones de extensión universitaria y de promoción y difusión cultural.

5) Impulsar y consolidar la integración de nuestros campus en el contexto urbano en el que se asientan.

6) Garantizar la adecuación de la estructura institucional, las acciones de gobierno y la distribución de los recursos humanos y materiales a las necesidades de la Universidad para el cumplimiento de esos objetivos.

Para todo ello, hay que apoyar e impulsar la introducción de ideas de mejora, renovación e innovación en la prestación de nuestros servicios docentes, de consultoría y de cualquier otro tipo, y en la acción investigadora; haya que apoyar e impulsar el aprovechamiento y la captación de recursos económicos, materiales y humanos; hay que impulsar la presencia de la UMH en nuestra comunidad, en el marco nacional y en el internacional, para aumentar constantemente nuestra proyección; y hemos de comprometernos con el proceso de evaluación continua de todas nuestras acciones; y en una clara rendición de cuentas ante los propios órganos de la universidad, y ante las instituciones públicas.

Al mismo tiempo que debemos trabajar sin descanso para alcanzar esas metas, deberemos en muy breve plazo afrontar los procesos de normalización institucional de nuestra Universidad: la elección y constitución de nuestro Claustro Constituyente, la elección del Rector, y la redacción de nuestros Estatutos.

Para afrontar solidariamente ese nuevo reto pido de nuevo la colaboración de todos vosotros, de toda nuestra Comunidad Universitaria. Han pasado cinco duros años de trabajo constante, muchas veces incomprendido, y a veces mal valorado. Todos sabéis, todos sabemos, lo que ha costado llegar a tener la Universidad que tenemos. Habrá quien piense que se ha hecho poco, o que se ha hecho mal. Sin duda, habrá habido errores, pero no pueden engañaros. Vuestro esfuerzo ha dado sus frutos. Hemos construido ya una buena Universidad, pequeña en su tamaño, pero robusta en sus actuaciones y en sus logros. Ahí están nuestros investigadores, nuestros diplomados, nuestros licenciados, nuestros doctores, para demostrarlo. Gracias a todos por todos estos años de esfuerzo.

Yo os ruego que en este nuevo reto, apliquéis cada uno vuestra propia opinión, vuestro propio juicio, basado, como se dice ahora, en la evidencia, en los hechos que a cada uno le consten, y no en lo que algunos cuentan, o en el “me han dicho que”.

Trabajemos, pues, juntos, codo con codo, y consigamos el sueño de una universidad diferente, donde sea posible realizar lo que Giner de los Ríos quería: una universidad que responda al impulso básico de la construcción cotidiana de la libertad; una universidad que sea capaz de devolver a la sociedad su apoyo en la forma de profesionales con las capacidades propias de unos individuos libres; personas a las que no resulte fácil manipular, mandar despóticamente, mentir, humillar, domesticar; personas en las que no resulte fácil suscitar sentimientos de adoración de los ídolos del momento, de deferencia o sumisión; personas que sepan y puedan ejercer su libertad, y disfrutar con ello.

Hago votos para que con nuestro esfuerzo conjunto consigamos esas metas, sin olvidar que como decía André Maurois, “No hay secretos para triunfar. En la práctica todas las teorías se derrumban. Todo se reduce al trabajo y a una larga paciencia.”

Muchas gracias.